Discurso en el homenaje que se le tributó al cumplir 25 años de profesor

Fuente: Pronunciado en la gran sesión académica realizada bajo la presidencia del Excmo. Sr. Presidente de la Nación, A. P. Justo, el 9 de noviembre de 1934 en la Facultad de Ciencias Medicas. Libro Jubilar del profesor Bernardo A. Houssay 1910-1934, Revista de la Sociedad Argentina de Biología. 10. Suplemento, 83-97, Amorrortu, 1934; Escritos y Discursos, 555-570; Foglia y Deulofeu (eds.), 197-206. Semana Médica 4 l725 1934 Prensa Médica, 21 2237 1934 559
Fuente: EyD pags. 559-569

Diploma de los colaboradores y amigos del Instituto de Fisiología al Doctor Houssay en sus bodas de Plata de ejercicio profesional.Agradezco al excelentísimo señor presidente de la Nación la grande honra que me dispensa al concurrir a este acto, con lo que demuestra, una vez más, su aprecio por la Universidad y por la investigación científica; a sus excelencias, el señor ministro de Justicia e Instrucción Pública, embajador de Méjico, a los señores rector y decanos, presidentes de la Academia de Medicina de Buenos Aires, Lima y Méjico, académicos y consejeros y profesores que prestigian este acto con su presencia; a los ilustres delegados y profesores extranjeros que me han traído o han hecho llegar su adhesión honrosa y gentil; a mi eminente amigo Aloysio de Castro, clínico insigne, elocuente como Demóstenes y sabio como Hipócrates; a Carlos Monge, brillante investigador de la biología de los Andes, cuna de la civilización autóctona más adelantada de la América del Sud; a Héctor Rossello, renovador de la farmacología y amigo de muchos años; al profesor Aráoz Alfaro, que ocupa un lugar predilecto en mi estimación, por lo que vale y por lo mucho que le debo. A mis discípulos y colaboradores que continuarán y mejorarán mi obra, a los colegas, alumnos y amigos.

No he de disimular la emoción que me produce esta selecta y numerosa asamblea, reunida para testimoniarme su generosa benevolencia. Este acto excede en mucho mis merecimientos personales y lo interpreto sobre todo como una adhesión a las ideas y obras a que he consagrado mi vida.

Cuando supe que se había proyectado y organizado este homenaje, hice lo posible por excusarme. Porque llegar a los veinticinco años de profesorado es un hecho fatal, con sólo vivir lo suficiente. Los hombres de ciencia debemos vivir en una atmósfera serena y tranquila, de labor seria y silenciosa.

Pero no pude resistir a la amistosa insistencia de mis colegas, discípulos y amigos. Negarme hubiera sido ofender sus sinceros deseos de exteriorizar, en un acto estrictamente universitario, su aprecio por mi dedicación completa a la docencia y la investigación científica. Ellos quisieron y éste es el significado profundo de este acto, manifestar pública y solemnemente que nuestras universidades deben ser, ante todo, centros de investigación científica y que nuestro país debe contribuir como las grandes naciones del orbe a elaborar todas las formas de la cultura superior.

Los que vivimos en el presente preparando el futuro, pocas veces nos detenemos para mirar el panorama de nuestros años ya idos, pero este acto me obliga a ello. No llevaré mis recuerdos hasta la infancia transcurrida entre una madre cariñosa y abnegada y un padre de gran cultura, que me enseñó el amor por las ideas nobles y generosas y las cosas bellas; a ellos debo todo lo bueno que hay en mí.

En los estudios y tres años de práctica diaria de la carrera de farmacia aprendí muchas cosas útiles, recibí ejemplos, me entusiasmé por las hermosas clases libres (porque las hubo antes de 1918) que nos daba Domínguez. Hasta llegué a adquirir alguna excesiva reputación de químico, que se consolidó injustificadamente en los laboratorios de medicina, probablemente porque no había en ellos muchos químicos verdaderos.

Nunca tuve dificultad en aprobar mis exámenes fácilmente, siempre en diciembre y en primer turno; para ello me ayudaba una memoria más bien feliz y una buena contracción al estudio; pero leía mucho fuera de los programas y textos oficiales. En todas las materias elegía siempre algunos temas dignos de investigación, que algún día habría que ahondar. Así en tercer año decidí estudiar las funciones de la hipófisis y algún otro asunto. Y como una vez que he decidido algo siento ansías de realizarlo, he iniciado este estudio en 1908 y desde entonces le he consagrado 26 años de fidelidad que espero siga hasta mi muerte.

En 1908 fui designado, por concurso, ayudante de fisiología. La inscripción la abrió el profesor Piñero y la elección fue hecha por el suplente en ejercicio, doctor Alurralde. En 1909-10 seguí allí con nombramiento ad honorem, pues era entonces practicante de medicina del Hospital de Clínicas, donde tuve la honra de ser interno de Gandolfo y de Aráoz Alfaro. Ya en 1902 y 1903 había sido allí interno de farmacia.

Los miembros del laboratorio de Fisiología de la Facultad de Agronomía y Veterinaria de 1918: de izquierda a derecha Enrique Hug, Houssay, Leopoldo Giusti; de pié, Germán Villaverde, ordenanza del laboratorio, Carlos Flores, Juan E. Carulla, Guillermo PedrA poco de comenzar el año 1910, el doctor Pedro N. Arata, que me distinguía mucho desde mi examen de química orgánica, oída la indicación del profesor Piñero, me propuso que dictara interinamente el curso de fisiología de la Facultad de Agronomía y Veterinaria de Buenos Aires. Pedí unas horas para reflexionar, consulté opiniones y finalmente acepté; tres horas después se me nombró encargado del curso.

Pocos meses después se abrió un concurso para designar al titular, al que se presentaron 33 candidatos, y que se resolvió en mi favor en 1912. Al comenzar 1910 mi diploma era de farmacéutico, pero ese año terminé mis estudios médicos; en 1911 presenté un trabajo al concurso para profesor de la Escuela Veterinaria y mi tesis de doctor en medicina. Seguí en la Facultad de Veterinaria en cuyos laboratorios pude realizar mi principal aprendizaje y una labor muy intensa y para mí inolvidable, hasta que en 1919 renuncié por mi voluntad de consagrarme a la cátedra de fisiología de la Facultad de Medicina. Ese mismo año me tocó la grande honra de ser designado para reemplazar al doctor Horacio G. Piñero, caballero ejemplar, profesor insigne, personalidad inteligente, orador brillante e imaginativo, cumplidor celoso del deber, entusiasta por su materia, que dictó con un brillo bien notorio.

El Instituto de Fisiología de la Facultad de Ciencias Médicas visto desde la Maternidad Pardo en la calle Viamonte.En 1920 se creó el Instituto de Fisiología, el primero consagrado a la docencia e investigación científica en nuestra Facultad. Su fundación se debe a los profesores Lanarí, Aráoz Alfaro y Ubaldo Fernández. De acuerdo con mis ideas, pedí que se incluyera en el reglamento una cláusula que establecía mi dedicación exclusiva; que no me fue impuesta, como suele decirse, pues fui yo quien la pidió: cierto es que la Facultad no la aplicó luego a otros profesores.

Desde 1911 fui médico del Hospital Alvear y jefe de sala desde 1913 hasta 1917, en que renuncié. En 1915 dejé el Instituto de Fisiología de esta Facultad para ser nombrado jefe de sección del Instituto Bacteriológico, a pedido del profesor Rodolfo Kraus. Allí trabajé especialmente sobre ponzoñas de serpientes, arañas y escorpiones, inmunología, secreciones internas, hasta que renuncié para dedicarme exclusivamente a este Instituto.

Me entusiasmaban la clínica y la fisiología, pero como quise concentrarme a una sola actividad, elegí la fisiología porque creí que así sería más útil a mi país y cumpliría mejor mi vocación natural por las investigaciones en el campo de las ciencias naturales.

Por circunstancias favorables fui bachiller a los 13 años, farmacéutico a los 17, profesor al concluir los 21, médico a los 23. Me molestaba la infaltable expresión: "Qué joven es usted", pero parece que ya me he corregido, porque no me lo dicen más. Hoy, con larga experiencia, afirmo que será una suerte designar a profesores jóvenes. Creo que eso es ventajoso, claro es que si son serenos y reflexivos, porque su vigor y entusiasmo es mayor en los años de instalación y perfeccionamiento de sus cátedras; empezando jóvenes se habitúan mejor al trabajo, declinan menos pronto, su labor científica es más intensa.

Por haber comenzado temprano he podido trabajar intensamente durante más años; me ayudaron una buena salud, una sólida resistencia para la labor física e intelectual, mucha rapidez en el trabajo, bastante tenacidad, una memoria regular, mucho gusto por el estudio y el razonamiento, curiosidad y ansia de saber, y una clara conciencia de mi ignorancia.

Siempre he conseguido los puestos por concurso o porque se me llamó a desempeñarlos; no usé influencias ni las admito en cuestiones de nombramientos o de exámenes o de jurados. Esta rigidez por no aceptar las injusticias o las excepciones me ha valido algunas críticas y desafectos y una fama exagerada de severidad, pero me siento cómodo con el respeto propio y el de los hombres rectos.

Por un raro fenómeno, explicable por mi firme voluntad de tener dedicación exclusiva, casi todos mis ascensos significaron una disminución de mis entradas pecuniarias. Sólo he tenido las mejoras de sueldo reglamentarias por la antigüedad o por la dedicación exclusiva. Durante años tuve que costear con mis exiguos recursos a muchos gastos de investigación.

Algunos me hablan por todo ello de sacrificio, pero yo no acepto esa calificación. Desde los 13 años manifesté a mi padre mi voluntad de bastarme solo, lo cual he cumplido fielmente. Al dedicarme a la ciencia debía elegir entre una probable situación pecuniaria holgada y una labor científica. Elegí lo mejor, lo que vale más que el dinero, con lo que salí ganando. Cierto es que conocí momentos de estrechez económica, pero en todo caso quien se sacrificó fue mi esposa, pues yo hallaba recompensa con creces en la posibilidad de trabajar. Ella no sólo aceptó la modestia económica sino que me ha ayudado constantemente en mis trabajos, con competencia y sin exteriorización alguna.

Piensen ustedes en lo costoso que seria instalar un Instituto científico y mantener su funcionamiento. Ya que la sociedad nos lo proporciona, debemos reconocer que con ello nos paga en buena parte y le debemos quedar muy obligados. Sólo podemos exigirle que nos suministre una situación decorosa, que permita cuidar la propia salud, poder casarse y tener hijos y educarlos, porque no sería justo que los hombres de ciencia no pudieran procrearlos, lo cual sería una selección antiintelectual que no creo deseable; creo que sería una selección al revés.

No participo de la errónea idea de que la plétora y la miseria engendran a los sabios; a éstos lo forman los buenos maestros y el cultivo de la inteligencia en ambientes apropiados. Lo único cierto que hay en todos estos decires es que la fortuna puede distraer a algunos de su natural vocación, pero si no tenemos muchos sabios no es porque nos falte miseria, sino por ausencia de ejemplos y de escuelas en actividad.

También es equivocada la idea de que los grandes descubrimientos realizados en laboratorios en los que reinaba la miseria se debieron a ésta; todos los que los hicieron en condiciones precarias se lamentaron de los años y esfuerzos perdidos estérilmente, así se expresaron Claude Bernard, Pasteur, Curie, que lograron éxitos a pesar de la miseria, pero no por ella.

Es igualmente falsa la creencia de que bastan los recursos y los laboratorios o los sueldos para tener ciencia. Esta depende de hombres selectos, no de edificios suntuosos. Para tener hombres de ciencia hay que formarlos y cultivarlos durante años, solícita y cuidadosamente, como se hace con las plantas más delicadas.

Se me habla a veces de mi dedicación exclusiva a la docencia e investigación en una sola cátedra como si fuera un mérito excepcional. En verdad los profesores de materias básicas que no la tienen, constituyen la excepción anacrónica. En ninguna gran nación sobresaliente en la ciencia se discute ya ese principio fundamental. Si algún mérito tuve fue el de iniciar el sistema en el país; lo cual hice por respeto a mi Facultad, amor a la ciencia y confianza en mi patria; esos rasgos de patriotismo práctico los estimo los más eficaces. Cierto es, que, casi todo el mundo quería disuadirme, pero para citar sólo a los desaparecidos puedo mencionar a Ayerza, Güemes, Lanari, Kraus y Velarde, entre los que me alentaron.

Hoy tienen dedicación exclusiva a su cátedra otros profesores de las facultad de Medicina de Buenos Aires y de Rosario y todos los de Sao Paulo. Tienen concentrada su actividad a su sola materia casi todos 105 profesores de materias básicas de Buenos Aires, algunos de Córdoba y Rosario. Es seguro e inevitable que pronto se generalizará la dedicación exclusiva a la cátedra en las materias básicas en toda la América latina. Los que resistan o no la adopten podrán estorbar el progreso de su Facultad, pero no conseguirán detenerlo indefinidamente.

Nuestro país puede llegar a ponerse a la altura de las naciones más adelantadas en el campo de la ciencia. Ello dependerá de nuestra voluntad firme de alcanzarlo, de nuestra información clara sobre el estado mundial, una orientación de largas vistas y una labor intensa y tenaz para perfeccionarnos. No hay tipos de hombres privilegiados ni razas forzosamente inferiores en las lides de la inteligencia. Siempre creí que un hombre puede hacer lo que hace otro, si se prepara intensamente y trabaja tenaz y reflexivamente. Si estamos aún atrasados, en la mayor parte de las ramas científicas, ello es remediable. En algunas ciencias la Argentina comienza a contar ya en el mapa de la cultura mundial.

Se me dice, también, que es un mérito que mi formación científica sea autóctona. En realidad, soy uno de los tantos resultados que ha dado nuestra escuela; a ella debo mis pocos méritos, a mi culpa los defectos que no supe corregirme. Pero he seguido tan de cerca el movimiento científico de todo el mundo, que he recibido influencias y conocimientos de todas partes. El vivir lejos y no tener a menudo a quien consultar, como pasa en Europa, nos exige un esfuerzo tremendo de información bibliográfica. El hecho de que debamos dirigir toda clase de trabajos nos obliga a dominar un número grande de técnicas, muy superior al que manejan corrientemente nuestros colegas europeos o norteamericanos y a un trabajo material incomparablemente mayor.

El alejamiento de los grandes centros y el temor de errar nos ha hecho muy cautos y prudentes en la experimentación. Antes de afirmar algo debemos realizar pruebas y contrapruebas; así casi todos mis discípulos y colaboradores han trabajado alrededor de dos años, a veces más, antes de terminar un trabajo. No permito que se publiquen notas previas, porque eso suele querer decir un trabajo incompleto. Antes de realizar un estudio hago examinar la exactitud del método a emplear; si ha de publicarse se repiten y verifican de nuevo los hechos. En una palabra, acostumbro al rigor y a la precisión. Todo eso es indispensable porque muchos trabajos sudamericanos no han sido serios y han dado mala reputación a nuestras tierras; pero, felizmente, el crédito actual es mejor.

Debo desvanecer la curiosa opinión de muchos de mis compatriotas, de que pueden hacerse descubrimientos casuales, por intuición o suerte. No se llega a hacer ninguna obra científica seria, sin descubrir nada, si no se trabaja intensa y prolongadamente. La suerte ayuda a los que la merecen por su preparación y laboriosidad, las obras geniales son frecuentemente el resultado de una larga paciencia.

Hay una errónea superstición sobre los prodigios de la inteligencia natural, pero la verdad es que ésta no produce frutos sin un trabajo intenso. Cuando oigo hablar de esos inteligentes que no trabajan, pienso que si no lo hacen es porque no son bastante inteligentes.

Se me decía que era una locura encerrarse en el laboratorio para "hacer bailar patas de ranas", que era buscar un sacrificio estéril, que no habría medios, ni recursos para trabajar bien, que nadie iría a los laboratorios; que nuestro trabajo no sería apreciado. Pero los que tuvimos fe, tuvimos visión certera, no los críticos pesimistas; como siempre, los idealistas acertaron y los prácticos erraron. Los medios nos fueron dados por la Facultad y el Gobierno cuando se vio que trabajábamos; no hubo sacrificio estéril, porque todo prosperó y se ha adelantado. Los jóvenes concurren numerosos a los laboratorios donde reciben buena acogida y ejemplos de dedicación; en mi Instituto hay cada año más de 80 investigadores, la mayor parte sin sueldo, varios trabajan intensamente desde hace años, algunos con gran estrechez económica. Como todo esto no se dice públicamente, hay muchos argentinos que lo ignoran, aún entre las clases dirigentes.

Los trabajos argentinos no tienen una difusión muy rápida y fácil, pero llegan a ser conocidos y valorados cuando son buenos. Los hombres de ciencia que han hecho una obra seria la han visto apreciada en los grandes centros científicos, a veces mucho más que en el propio país.

Falta aún entre nosotros un ambiente científico sólido. Es más fácil encontrar las cualidades pueriles o femeninas o primitivas, como son: los impulsos fáciles, el entusiasmo sentimental, la sugestionabilidad, el deseo de seguir modas o copiar lo que acaba de hacerse en otras partes, la intuición y viveza rápidas (que suelen confundirse con la inteligencia). Como somos aún jóvenes no están tan desarrolladas las cualidades de las inteligencias maduras y viriles: la capacidad de razonar profundamente, la necesidad de saber con precisión, el amor por la claridad y la lógica, el sentido de la justa medida y el horror por lo excesivo. Es también un signo de inferioridad cierto individualismo desmedido, que lleva a fundar sociedades y revistas en cada sala o laboratorio. Es signo de superioridad el formarse y conservar una personalidad, pero buscando la coordinación de los esfuerzos; lo es también luchar por principios más que por grupos o personas, etc.

Durante 25 años he enseñado en las aulas y en el laboratorio, a principiantes, médicos, especializados o investigadores. Mis ideas sobre enseñanza médica han sido expuestas varias veces; acabo de leer una ponencia al respecto en Rosario, por lo que no cabe repetirlas ahora. He tenido que aplicar un plan y método de enseñanza que considero anacrónico, demasiado verbalista y dogmático, que apela a la memoria más que a la razón, que trata a los alumnos como una masa anónima, en el que lo formal y aparente prepondera sobre lo profundo, en el que la falta de contacto del profesor con el futuro alumno impide a éste recibir una educación seria. Se da importancia excesiva al examen, el alumno sólo piensa en él, lee malísimos apuntes, cree beneficiarse con exámenes frecuentes, pero a cada época de ellos deja de asistir al Hospital o laboratorio; el resultado es que hay demasiados exámenes, que el porcentaje de los malos es grande y que los alumnos estudian peor. Eso crea entre ellos un malestar permanente que sirve de incentivo a revueltas y a movimientos llamados de reforma, que en la práctica se reducen a medidas para relajar los estudios, aumentar los exámenes y aprobar fácilmente. La culpa de todo eso no es de los alumnos, que son materia plástica y pasiva. Esto último lo saben los malos profesores y los políticos que los corrompen con aparentes favores para usarlos como instrumentos de sus malas artes.

Es preciso cambiar de sistema, hay que recibir un número limitado de alumnos para enseñarles bien, en forma individual, práctica y razonada, dirigiéndolos. Ese método lo he ensayado con resultados extraordinarios, los alumnos han aprendido mucho mejor, se han acostumbrado a razonar, y a emplear su inteligencia; su superioridad, evidenciada en los exámenes y en su trato personal, era verdaderamente extraordinaria.

Podría enfrentar a ambos métodos en una comparación que creo gráfica. Supongamos que hubiera que enseñar a nadar a los alumnos. Con el método actual se darían numerosas clases teóricas con dibujos y proyecciones a 600 u 800 alumnos, que harían 8 o 10 trabajos prácticos anuales; al fin del año se les obligaría a tirarse a un arroyo de 10 o más metros de ancho; algunos llegarían mal o bien a la orilla opuesta, pero muchos se ahogarían. Mientras que el método que aconsejo, consistiría en tomar 80 a 100 alumnos, enseñarles a nadar en el agua, uno por uno, así a fin de año cruzarían el arroyo todos (o casi todos). Su diploma de nadador sería verdadero, no ficticio.

A pesar de todo ha sido enorme la modificación de la docencia, se ha ampliado el Instituto, ha aumentado enormemente el material, se ha organizado un plan ordenado de trabajos, se ha modernizado y simplificado la enseñanza. Se han impulsado investigaciones experimentales o clínicas, se han dado cursos y conferencias de perfeccionamiento, se han divulgado los conocimientos y técnicas de la bioquímica y la fisicoquímica biológica en el país, etc.

Por fin, debo mencionar, con satisfacción, que han sido mis discípulos o han trabajado en este Instituto muchos actuales profesores universitarios como Sordelli, Giusti, Lewis, Hug, Pico Estrada, Morera, sin contar los que aún trabajan en él.

No debo omitir un recuerdo profundamente afectuoso a la memoria de los colaboradores que cayeron prematuramente arrebatados; Guglielmetti, una grande personalidad malograda; Laclau, fino y delicado espíritu; Busso, joven animoso y abnegado.

Mucho he meditado sobre dos posibles maneras de trabajar. La primera consiste en aislarse, hacer una labor personal profunda e importante, que dará mayores frutos a su autor, pudiendo ser un ejemplo estimulante. La otra, la que he adoptado consiste en enseñar y ayudar a muchos, ponerlos en contacto con la ciencia, tan seductora y hermosa, sacrificar su tiempo para adiestrar a los alumnos aún a costa de las propias investigaciones, hasta tener la alegría de verlos capaces y formados, con ideas y experiencia propias, aptos para dirigir el progreso de su país.

Quizá se haga en esta forma menos obra personal, pero pueden realizarse investigaciones en cooperación, que son cada vez más necesarias. La labor resulta así ser de una escuela más que de un hombre y el que dirige sabe que la acción ha de perpetuarse cuando él desaparezca. No debe buscarse la obra efímera y brillante de un solo hombre, que puede interrumpirse con su muerte, sino una acción de largas vistas que debe prolongarse en los discípulos, que son hijos herederos del germen intelectual, que reciben y deben transmitir a su vez.

Debo proclamarlo bien alto: mi labor, si tiene algún mérito, no es sólo mía, es de mis numerosos colaboradores abnegados, unidos en la obra solidaría por ideales y sueños comunes que llevamos a veces a la realidad y que tenemos la felicidad de renovar incesantemente.

La Universidad debe crear centros de estudio y no sólo formar individuos aislados. En cada Instituto debe haber varios especializados con dedicación exclusiva, además del director. Urge sancionar una ordenanza de formación del profesorado básico, porque cuando faltan candidatos o no tienen todas las condiciones, la culpa es de la facultad que no tuvo la previsión de formarlos.

La investigación es la característica de la Universidad, que debe crear y propagar los conocimientos. Lo primero es crearlos, lo segundo divulgarlos. Las facultades que no investigan son escuelas de oficios, subuniversitarias, marchan a remolque de las que lo hacen, de las que son tributarias sin reciprocidad. La investigación científica es el índice más seguro del estado de civilización de un pueblo, da el poder, asegura la independencia de las naciones. Un país no es una gran potencia si no tiene organizada la investigación científica. Bien dijo Sarmiento, que "la cultura científica es la única redentora posible de estos pueblos".

En mis 34 años de Facultad y mis 25 de profesor he visto crecer nuestras cualidades y defectos. Los progresos han sido grandes y muchos: el nivel profesional es muy bueno, se aplican y conocen con sano eclecticismo los mejores métodos del mundo. El número de personas con conocimientos profundos y especializados ha aumentado mucho, hay con quien hablar y a quien consultar, se puede obtener consejos y ayuda técnica o trabajar en colaboración; todo esto era raro o faltaba hace cuatro o seis lustros.

Una de mis preocupaciones intensas fue siempre la cooperación con los hombres de ciencia sudamericanos. Nuestro contacto estrecho es indispensable, porque el progreso de un país es un estímulo para los otros. La reputación y el porvenir de cada uno dependen en mucho del esfuerzo solidario de todos. Debemos mirar los adelantos y las glorias de cada nación hermana como sí fueran propios, desear su progreso y ayudarlo como si fuera el nuestro.

Jóvenes estudiantes, principiantes o ya graduados, que con la frente alta, soñando como hombres en altos ideales, trabajáis intensamente, sois la esperanza y el futuro del país. A vosotros me dirijo con expresión emocionada, pero serena, porque dependen de vosotros los progresos del porvenir.

Tened ideales elevados y pensad en alcanzar grandes cosas, porque si la vida rebaja siempre y no se logra sino una parte de lo que se ansía, soñando muy alto alcanzaréis mucho más. Las conquistas del presente son sólo sueños juveniles realizados. No penseis sólo en lo útil y aplicable sino en las verdades profundas; el que piensa en lo práctico sólo alcanza pequeños éxitos; todas las grandes conquistas prácticas las logran los que hacen la llamada ciencia pura.

Debéis tener una creencia absoluta en el progreso, ser tenaces y laboriosos. En los países jóvenes es importante ser hombre de acción y trabajar intensa y rápidamente, con firmeza y con mucha paciencia. No sólo no hay que dejar para mañana lo que puede hacerse hoy, hay que hacer hoy lo que tocaría hacer pasado mañana. Las generaciones venideras, más felices, podrán quizá trabajar con menos prisa; pero nuestra hora es la de ser pioneers y de abrir caminos.

En nuestras tierras de favoritismo, debéis poner la justicia por encima de todo, aún de la amistad; mejor dicho no valen mucho las amistades que se edifican a expensas de la justicia. Cuando no se os pueda adjudicar otro defecto se os dirá que sois rígidos o severos, pero no os preocupéis. Debéis tener seriedad y rigor extremos en la labor científica, en un ambiente en que falta aún la crítica muy depurada.

Huid de los defectos típicos de la inmadurez: falta de medida, sugestionabilidad, improvisación, vanidad. Hay que tener el sentido de la mesura, la percepción de los matices, el equilibrio para no dejarse sugestionar por los extremismos.

Debéis cultivar pacientemente vuestras inteligencias, adquirir sólidos conocimientos en las ciencias básicas, sin las cuales no pueden hacerse descubrimientos originales. Todos los grandes clínicos o cirujanos que hacen progresar la medicina dominan las materias básicas; sin ellas podéis ser prácticos útiles, pero que aplican lo que otros descubren.

Lo que un hombre alcanza otro puede lograrlo, si estudia y se adiestra bastante tiempo y con suficiente intensidad. Para una voluntad firme poco es imposible, no hay fácil ni difícil; fácil es lo que ya sabemos hacer, difícil lo que aún no hemos aprendido a hacer bien.

No es cierto que las generaciones actuales sean mejores o peores que las precedentes, los jóvenes de hoy tienen igual idealismo e iguales virtudes que los de antes, con iguales cualidades y defectos en potencia; pero hay más recursos y escuelas, por lo tanto más ocasiones y más obligación de progresar; es responsabilidad nuestra, de los que dirigimos, desarrollar en vosotros el altruismo, el idealismo, el amor al arte, a la ciencia, a la patria, a la humanidad toda.

En el andar incesante del tiempo, los hombres cambian y se suceden, pero la humanidad adelanta siempre y cada generación tiene su deber en esta obra común. Desde los tiempos milenarios vamos transmitiendo de mano en mano la antorcha del progreso. Bien o mal, hemos hecho lo posible por adelantar con ella; preparaos, jóvenes generaciones de argentinos, para recibirla en vuestras manos fuertes y esperanzadas, para llevarla bien alto y bien lejos, para honra vuestra, gloria de nuestra patria y dicha de todos los hombres del mundo.

A vosotros todos, gracias por vuestra confortación y vuestro estímulo. Muchas gracias.


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