Carlos Saavedra Lamas y su vision de la paz

Por el doctor Jorge A. Aja Espil,
en el Homenaje de las Academias Nacionales al doctor Carlos Saavedra Lamas (1994)

Carlos Saavedra LamasEl culto devoto a las personalidades de nuestra patria es una forma de cumplir con un alto deber cívico y de reiterar unánimes sentimientos de admiración y respeto por aquellos relevantes valores de cuño argentino. Coincidiendo con ello es que las Academias Nacionales, las de tradición científica y las de linaje cultural, han querido esta tarde honrar en acto conjunto la memoria del doctor Carlos Saavedra Lamas, premio Nobel de la Paz.

¿Qué se decía de Saavedra Lamas? ¿Qué se dijo antes de ahora? El reconocimiento a la integridad de su obra, el elogio a la prestancia de su inteligencia y a su vocación por lo social, por la educación y por las agridulces cuestiones internacionales, han sido puestos de manifiesto en valiosos perfiles que, en su momento, nos entregaron los académicos Atilio Dell'Oro Maini, Carlos Manuel Muñiz, José María Ruda, Horacio Zorraquín Becú y Carlos María Gelly y Obes. Por mi parte, intentaré un nuevo enfoque: un ensayo sobre su credo intelectual de la paz.

Tan notable internacionalista y jurisconsulto fue algo así como un académico nato que enalteció a la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas con su incorporación en el año 1943, donde participó a lo largo de 16 años en el estudio silencioso y propio de los centros de alta especulación intelectual, lejos del mundillo del estrépito y de la banalidad. Así lo recordó el entonces miembro de número doctor Juan Carlos Rébora en su muy sentida oración fúnebre, al expresar: "Obrero de la paz, trazó con su vida una parábola cuyo seno se ha confundido con la muerte".

No me resisto, señores académicos, a evocar mi primer encuentro con el Premio Nobel de la Paz. Es que entre los recuerdos vivos que conservo del paso por las aulas universitarias, donde lucían grandes señores de la cátedra, se destaca con singular relieve la visita que con mis entonces juveniles compañeros de estudio, y hoy dilectos amigos, doctores José Domingo Ray y José María Sáenz Valiente, le hiciéramos al doctor Carlos Saavedra Lamas, en su estudio de la calle Florida.

Allí estuvimos, hace ya más de medio siglo, pendientes de su palabra rápida, sugestiva, sin énfasis pero convincente. Aquel profesor de gran señorío personal, de rostro pálido y mirada penetrante, endiosado con la aureola que le otorgaba el haber recibido el máximo galardón de la Paz, tal cual lo muestra el lienzo de refinada armonía que preside la austera sala que hoy nos cobija, no sólo satisfizo nuestros requerimientos de estudiantes –revelando así su vocación de maestro auténtico– sino que nos obsequió con un ejemplar de su proyecto de Código Nacional de Trabajo en el que deslizó una afectuosa dedicatoria, con su caligrafía menuda y prolija. Como se ve, sabía abrir corazones y anudar sentimientos de amistad. Remataremos esta incursión por nuestro propio pasado con un sutil pensamiento de aquel insigne conocedor del alma humana: "Los jóvenes que hoy pasan por sus aulas se sentirán siempre acompañados por su recuerdo, por más prolongado que sea el camino, o por más alta que fuera su ascensión en la montaña" (Carlos Saavedra Lamas, Por la Paz de las Américas, Buenos Aires, edic. 1937, p. 376).

Pero volquemos ya la hoja y enhebremos el tema que esta tarde nos proponemos destacar: el de su vocación pacifista, que calaba muy hondo en su alma y que caracterizó el pensamiento y la prédica de Saavedra Lamas. En otros términos, señalar su visión de la paz dentro de la trama, tanto social como internacional, en que él buscó insertaría.

Ya en el discurso pronunciado en la colación de grados de su camada, que tiene lugar el 12 de agosto de 1903, el joven universitario traduce su inquietud por el futuro social de nuestro país con estas palabras: "Los autores que nos trae la novísima bibliografía americana, nos hablan con frecuencia de las fuerzas engendradas por la tradición, pero modeladas en las evoluciones sociales" (Discurso pronunciado por el ex alumno Carlos Saavedra Lamas en la colación de grados, Universidad de Buenos Aires, 1903). Recogía, así, el mensaje generacional contenido en la expresiva disertación que, en esa misma circunstancia y en nombre del cuerpo de profesores, pronunciara Manuel Augusto Montes de Oca, recién regresado de Londres, después de una ausencia de tres años, con todo el prestigio que le otorgaba el haber defendido con éxito ante la corona inglesa, la enojosa cuestión de nuestros límites con Chile.

Sospecho que la inclinación internacionalista del joven distinguido con medalla de oro fue acicateada por la feliz coincidencia de recibir el homenaje de egresado de tan distinguido protagonista de la política exterior argentina.

Me apresuro a decir que fue Joaquín V. González, por cierto, quien influyó notablemente en la formación de Saavedra Lamas. Una mentalidad y un espíritu como el del gran riojano modelaron su temple moral y su genealogía intelectual y le marcaron un destino en la historia. Una cita hará comprender mejor el fundamento de esta aseveración; la tomo del prólogo de Joaquín V. González al libro Problemas de Gobierno, que Saavedra Lamas publicara en el año 1916. Tras calificarlo de un joven hombre de Estado, añade: "Un observador certero de los gérmenes sociales y políticos de su país y un estadista equilibrado por el concepto integral de la nacionalidad, no sólo en las palabras o en las fórmulas, sino en el fondo de su corazón y de su conciencia".

La simpatía paternal del autor de Mis Montañas sobre el reflexivo Saavedra es grande: "He tenido por suerte –dice– para el acierto de estos juicios, ocasión de conocerlo desde las aulas universitarias y durante sus primeros pasos por la función pública y me es grato ahora manifestar el agrado con que sus profesores escuchábamos siempre, en la clase o en el examen, su exposición clara, fácil y elegante, reveladora de una concepción mental igualmente nítida y precisa" (Prólogo de Joaquín V. González a Problemas de Gobierno).

Ensayemos ahora un parangón entre ambos estadistas. El mundo había comenzado a tener conciencia de las nuevas realidades sociales con la aparición de la Encíclica Rerum Novarum orientada a dar dimensión ética a la cooperación entre el capital y el trabajo. En nuestro país, la sensibilidad social en búsqueda de la protección obrera tiene una primera manifestación en los trabajos preparatorios que impulsó Joaquín V. González en un proyecto de Código de Trabajo remitido al Congreso en el año 1904, apenas un año antes de que se sancionara la ley de descanso dominical extraída, precisamente, del texto de aquel proyecto. Y es en este campo de los valores sociales donde Saavedra Lamas recibe una influencia directa del gran riojano. Siendo diputado nacional en el año 1910, auspició la creación de una Comisión Parlamentaria para que impulsara la sanción de aquel cuerpo sistemático de leyes sociales y que debía presidir su antiguo profesor Joaquín V. González.

Fue para ese entonces, febrero de 1910, cuando, investido de una misión universitaria por la Facultad de Derecho de Buenos Aires, viaja a Roma para contratar al eminente profesor Luigi Luzatti, autor del modelo de Tratado de Trabajo en Europa. Encuentra a éste como presidente del Consejo de Ministros, quien acoge con entusiasmo los estudios del profesor argentino y lo invita a negociar el convenio oficialmente, instándolo a que solicitase del gobierno argentino las credenciales respectivas. La discreción de Saavedra Lamas se pone de manifiesto, una vez más, al declinar tal invitación con estas palabras: "Hacer una solicitud de credencial por mí mismo habría contrariado mis hábitos y mi temperamento y lo habría considerado intempestivo" (Tratados internacionales de tipo social, Ed. Reus, Madrid, 193, p. 30).

También, en ese mismo año de 1910, presentó en la Cámara de Diputados una minuta de comunicación expresando el deseo del cuerpo para que el Poder Ejecutivo acordara un convenio con el gobierno de Italia sobre inmigración y trabajo, inaugurando de ese modo el derecho internacional obrero argentino, como lo afirma –sin escatimar elogios– Alfredo L. Palacios.

Hombre de ideas propias y convicciones arraigadas, el futuro premio Nobel tiene sentido del mundo y de la vida y sabe responder a los movimientos universales en defensa de la paz y de la justicia. Cuando el Tratado de Versalles –suscripto el 28 de junio de 1919– declara solemnemente que el establecimiento de la paz universal sólo podría basarse sobre la justicia para todos, y que debía respetarse al hombre como persona y no como una mera mercancía, Saavedra Lamas adhiere con fervor a lo que considera uno de los documentos más nobles de la comunidad internacional y coronación de lo que da en llamar "período constituyente del derecho obrero".

El curioso paralelismo entre ambos hombres de Estado vuelve a manifestarse cuando Saavedra Lamas vuelca toda su experiencia internacional y docente en su propio proyecto del Código Nacional de Trabajo, que concluye en 1928 y que presenta a la Conferencia de la OIT poco después. Frisando ya los cincuenta años, en el linde de la madurez, es elegido por unanimidad Presidente de la Conferencia Internacional de Trabajo de 1928 en Ginebra, como reconocimiento a su "intelectualidad magistral", según expresión de Albert Thomas, quien había sido ministro de Estado de Francia y director del Bureau International du Travail.

Podemos afirmar que Saavedra Lamas desarrolló y ahondó el gran tema social que Joaquín V. González dejó esbozado: ambos reclamaron medios pacíficos para dar salida y amplitud a las necesidades de las poblaciones. Era la idea sostenida en Europa por Paul Pic, el eminente profesor francés de la Universidad de Lyon que prologará su estudio sobre el derecho internacional obrero y los tratados de trabajo, cuando señala el horizonte de éstos como un factor sustantivo "para la radicación definitiva de la paz" (Tratado Internacional, p. 385).

Así como la incipiente democracia norteamericana inspiró a los padres de nuestra independencia y a nuestros grandes liberales, como Sarmiento y Alberdi, el comienzo del presente siglo también recibió la influencia de lo que dió en llamarse el "apostolado wilsoniano". En aquellos años el mundo disfrutaba de una relativa paz: la paz victoriana y la paz bismarckiana. Claro que esta quietud escondía en su seno violencias que muy pronto iban a estremecer al mundo. En esa apariencia de calma, surge la figura de Woodrow Wilson, un intelectual, ex rector de la Universidad de Princeton, profesor de Political Science, que es elegido presidente de los Estados Unidos en el año 1913. El idealismo avasallador de Wilson buscaba apoyarse en las enseñanzas de la historia y en la visión de un mundo de paz y solidaridad. Pero muy pronto se desatará la guerra en Europa, con la tragedia de Sarajevo, y Wilson, aferrado a su pacifismo, conduce su política exterior a una neutralidad de hecho y de derecho. Sus discursos del crítico año 1917 se orientaban a limitar los objetivos de la conflagración mundial: "debemos buscar –decía– una paz sin victoria, el mundo debe salvarse para la democracia".

Por cierto que el idealismo del presidente Wilson influyó sobremanera en los intelectuales argentinos. Joaquín V. González y Carlos Saavedra Lamas sienten que aquellas ideas son legítimas e insustituibles para mantener viva la llama de la cultura occidental. Se crea, así, una solidaria genealogía conceptual y espiritual afín con la de otro gran pensador argentino, Juan Bautista Alberdi. (Ver J. V. González, Obras Completas, T. X, p. 417).

Las proposiciones del presidente Wilson están contenidas en su programa de los Catorce Puntos, en el que sobresale el ideal de la paz universal sobre la base de una liga o sociedad de las naciones. Como anota Joaquín V. González, se trata de una idea tan norteamericana como argentina ya que Juan Bautista Alberdi en su libro El crimen de la guerra propiciaba, mucho antes, una organización de la paz sobre la base de la justicia internacional. El espíritu de toda la obra alberdiana descansa en que la guerra es un delito que la comunidad internacional debe prevenir y aun reprimir.

Es tiempo de que volvamos a nuestro homenajeado de esta tarde. Comencemos por decir que si Alberdi y Wilson configuran el ideal, Saavedra Lamas es la idea. Aquéllos iluminaron un ancho camino para encauzar los pasos de la humanidad en dirección a una justicia universal; éste, estadista con ideas propias, con un sentido del mundo y de la vida madurado entre viaje y viaje a conferencias internacionales, puso en práctica aquellas concepciones. Su misión de paz no es un mero sentimiento o el evangélico espíritu de un lírico sino un verdadero proceso de racionalización de aquel valor eterno.

Por cierto que los sueños pacifistas de Alberdi y Wilson penetraron en la formación de Saavedra Lamas. No diré que las referencias al pensamiento de aquéllos ocupen un lugar preponderante en las citas. Pero las hubo, empero, e importantes.

Los ideales cardinales de Wilson se traducen en expresiones plenas de solidaridad universal, tales como: "the war that will end wars" (la guerra que pondrá fin a las guerras), slogan ingenuo con que explicaba la forzada beligerancia de Estados Unidos tres años después de iniciada la guerra. Por cierto que la oposición lo glosaría con un enunciado cínico aplicado al Tratado de Versalles: "peace to end peace" (la paz para terminar con la paz). Es de destacar también el "peace without victory" (paz sin victoria) del presidente norteamericano, con que repudiaba el adagio clásico de "recompensar" a los vencedores y "castigar" a los vencidos. Recordemos que es ésta una doctrina rioplatense de vieja estirpe, como que se remonta al conflicto argentino-paraguayo del siglo pasado, oportunidad en que Mariano Varela lanzó su célebre apotegma: "la victoria no da derechos".

Saavedra Lamas, en el discurso pronunciado el 12 de junio de 1935, al tiempo de la firma del Protocolo de Paz entre Bolivia y Paraguay que suspendía las hostilidades, en una solemne y emotiva ceremonia que tiene lugar en la Casa de Gobierno, transita por la dialéctica wilsoniana. Han pasado por sus manos la guerra fratricida y la paz del Chaco Boreal, y a la hora de saborear lo que su talento diplomático había hecho realidad, explica: "Cuando los beligerantes estaban en el fragor del combate tomó la Cancillería argentina la iniciativa de decirles: vuestras violencias no modifican vuestros derechos. Fue (ésta) la declaración del 3 de agosto, que iniciamos obteniendo la adhesión de diecinueve naciones de América. Pero dijimos algo más; dijimos: queremos que ésta sea la última guerra, y fue por ello y para ello que estructuramos y proyectamos el pacto antibélico, que una vez ratificado y aceptado como está, por todos los pueblos de América, hará imposible otra guerra". (Carlos Saavedra Lamas, Por la Paz de las Américas, Buenos Aires, Edic. 1937, p. 70).

Nuevamente, en su discurso del 21 de enero de 1936, al tiempo de suscribir el acta que coronaba los logros de la Conferencia de Paz en el conflicto del Chaco, y que presidía el Canciller argentino, éste reedita aquellos conceptos al expresar: "Cuando se inauguró en esta misma sala la Conferencia de Paz dije que aspirábamos a que la guerra que terminaba fuera la última de América, que no fuera como todas las otras, destructora sino creadora de principios y derechos, y estamos velando y hemos de velar hasta el fin por el cumplimiento de esos postulados" (C. Saavedra Lamas, op. cit., p. 82).

Como se puede apreciar de estos conceptos que hemos transcripto, tanto Wilson como Saavedra Lamas están muy cercanos en sus prédicas pacifistas y más aún en sus postulados antibélicos. Y si ahondamos en estas reflexiones, veremos que ambos edificaron sistemas trascendentes para la paz: la Sociedad de las Naciones el uno y el Pacto Anti-Bélico el otro.

Me acercaré ahora a otra cuestión que también ocupó, y mucho, la atención de ambos estadistas americanos: la neutralidad. Así como la historia está llena de ruido de sables, la inhibición voluntaria de participar en un conflicto y mantener una igualdad de trato con las partes beligerantes es tan antigua como el mundo. Pero cabe preguntarse ¿qué alcance y significación le atribuyeron aquéllos? Me adelanto a decir que ambos filosofaron en la misma dirección. Entendieron la paz no como ausencia de guerra, pero sí como fraternidad humana.

En uno de sus últimos discursos como candidato a la reelección, en 1915, volcó Wilson sus juicios sobre la neutralidad. Así, sostenía que "hemos sido neutrales, no sólo porque es la política fija y tradicional de los Estados Unidos; hemos sido neutrales también porque es nuestro deber manifiesto impedir, si es posible, una prolongación indefinida de las pasiones ardientes del odio y la desolación y porque, además, era nuestro deber procurar servir a la humanidad reservando nuestra fuerza y nuestros recursos para los difíciles y penosos días de la restauración". "Y la neutralidad" –agregaba en su discurso de 1915– "no es indiferencia, no es el propio interés, sino la simpatía por el ser humano y el bienestar" (J. V. González, Obras Completas, T. X, p. 57).

Para la misma época, en julio de 1916, al tiempo de inaugurar el Congreso Americano de Ciencias Sociales, Saavedra Lamas, que sabe distinguir entre lo jurídico y lo político, expresa que pocos derechos "merecen una dedicación más especial que aquellos que corresponden a los neutrales", y citando al estadista norteamericano recuerda que "es en la contienda actual de donde surgirán fuerzas nuevas, exigiendo el respeto de los neutrales" (C. Saavedra Lamas, op. cit., p. 35).

No hace falta ir más lejos. Igual sensibilidad, igual inteligencia, igual credo, tanto en Wilson como en Saavedra Lamas. Pero mientras el idealista sólo suscitó principios, el ideador elaboró estrategias. Este supo también ejercer la diplomacia en profundidad, que es aquella que persigue la aceptación espontánea y no la solución impuesta.

La Academia de Oslo reconoció el mérito de esos dos militantes de la paz al otorgarles el premio Nobel, en 1919 a Wilson y en 1936 a Saavedra Lamas.

Otro período en el camino de la paz entre los Estados fue lo que Saavedra Lamas llamó "la formación de una fuerza internacional a los efectos de una función de policía que asegurara la paz". Me apresuro a afirmar que es éste uno de los antecedentes más preclaros de las actuales fuerzas para el mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas. Recuerda aquél que "fue en un momento dado el ideal sugerido a la Sociedad de las Naciones". "Nosotros" –agrega– "no hemos trepidado en crear una fuerza internacional y en enviarla como policía internacional para separar dos ejércitos en guerra. El ensayo se realizó entre el respeto inmediato de los beligerantes, y es una de las páginas más bellas que atestiguan la cultura alcanzada por nuestras fuerzas militares, que realizaron su noble misión" (C. Saavedra Lamas, op. cit., p. 80). En el discurso pronunciado en la Conferencia de Paz, Saavedra Lamas distingue entre la coerción militar y la coerción moral. "Hemos combinado" –dice– "la conciliación con el repudio de la guerra de conquista, pero hemos respetado también, invariablemente, la libre determinación de los pueblos" (C. Saavedra Lamas, op. cit., p. 81). Como se ve, Saavedra Lamas apoyaba la conciliación en la fuerza moral que fluye de la comunidad internacional. En este sentido fue un precursor de teorías fundamentales siempre inspiradas en principios de derecho internacional.

Señores Académicos:

Quien ocupó el Ministerio de Relaciones Exteriores desde 1932 a 1938, marcó un momento cumbre en la política internacional argentina. Es posible que en ningún período de su historia haya lucido más el acierto de nuestra diplomacia.

El 21 de septiembre de 1936 se lo distingue designándolo presidente de la XIII Asamblea de las Naciones Unidas. Al agradecer tan señalado honor expresó: "La interpreto como un homenaje que tributáis a mi país, cuya conducta se ha inspirado siempre en su amor a los principios y en su vocación por la paz". Una feliz coincidencia lo lleva a presidir, apenas dos meses después, la Conferencia Internacional de Consolidación de la Paz, celebrada en Buenos Aires, a iniciativa y con la presencia del presidente Franklin Delano Roosevelt.

Finalmente, el 24 de noviembre del mismo año, se le otorga el galardón más preciado que un hombre de Estado pueda recibir, el Premio Nobel de la Paz. Al contestar el homenaje que en tal oportunidad le brindara la Facultad de Derecho a través de su decano, el doctor Agustín Matienzo, expresó el laureado: "La guerra ha seguido mi paso durante toda mi gestión, como la sombra de la tragedia antigua. A poco de inaugurar mis tareas apareció en nuestras vecindades la llama de un gran incendio. Durante todo este período de gobierno un afán cotidiano de restablecer la paz ha perturbado nuestro sueño" (C. Saavedra Lamas, op. cit., p. 393).

Por cierto que el Canciller argentino supo vencer todos esos obstáculos. Por ello pudo reiterar a sus jóvenes amigos y a sus alumnos de siempre: "Meditad, pues, y convenceos de que la paz es un bien inapreciable; que es indispensable mantenerla para dar a los hombres mayor bienestar, en su tránsito hacia la sombra" (C. Saavedra Lamas, op. cit., p. 396).

Así fue –así lo veo yo al menos– nuestro Premio Nobel de la Paz. A su misión de internacionalista supo darle un contenido metafísico que le evitó quedarse en la epidermis de los conflictos para penetrar en su hondura.


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