Despedida de Osvaldo Loudet en el sepelio de Bernardo A. Houssay

Osvaldo Loudet, quien siendo consejero estudiantil del Consejo Directivo de la Facultad de Ciencias Médicas, en 1919, había afirmado que "el Doctor Houssay está muy bien en la Escuela de Veterinaria y el Doctor Soler debe estar en la Cátedra de la Escuela de Medicina", lo despidió como académico de letras: "El eminente científico ocupaba el sitial bautizado con el nombre de Francisco Javier Muñiz y fue el sucesor de Angel Gallardo. Un sabio sustituyó a otro sabio. Los dos no fueron hombres de letras. Fueron hombres de ciencia, pero la ciencia tiene sus letras, porque la expresión clara, sobria, precisa de las ideas científicas, constituye un estilo literario propio e independiente: "Una memoria de Fisiología bien escrita" –decía Claude Bernard– "es equivalente a una tragedia clásica en cinco actos".

Houssay fue desde su juventud un espíritu aguijoneado por la curiosidad de conocer la génesis de los fenómenos naturales, explicar sus relaciones, sorprender su determinismo y descubrir sus leyes. Desde ese momento se inicia el diálogo interminable entre su alma de investigador y la Naturaleza. Diálogo dramático que tiene la virtud del silencio y la soledad, porque sólo en el silencio y la soledad se escuchan las voces de las ideas y se siente la dulzura de las emociones intelectuales. Diálogo sin palabras inútiles porque la germinación del pensamiento se hace sin ninguna resonancia. Diálogo de las sombras y de las luces porque se apagan muchas hipótesis y se encienden otras, nacen nuevas teorías y mueren las antiguas. Diálogo siempre inconcluso porque la respuesta de una verdad es el comienzo de una nueva pregunta. Diálogo que conduce a la desesperación cuando las pausas son prolongadas y las respuestas lentas e indefinidas. Diálogo que se transforma en un monólogo tremendo cuando la Naturaleza se calla, se oculta o huye y se escapa a nuestros requerimientos y a nuestras exigencias.

Todas estas peripecias del investigador las ha experimentado Houssay en sus indagaciones, pero la Naturaleza ha premiado su amor y su fe y muchas veces se ha entregado a él para mostrarle alguna de sus verdades y algunas de sus bellezas. "Para llegar a generalizaciones verdaderamente fecundas y luminosas" –escribía el padre de la medicina experimental– "es necesario haber removido en el hospital, en el anfiteatro o en el laboratorio el terreno inanimado o palpitante de la vida. La verdadera ciencia puede ser comparada a una meseta florida y deliciosa. a la cual no se puede llegar sino después de haber ascendido por escarpadas pendientes y haberse arañado a través de las rocas y de las malezas". Houssay llegó a esa meseta florida y nada le importaron los arañazos y las heridas sufridas en el camino. .

Además del placer intelectual y científico, ha sentido la satisfacción moral propia de los espíritus superiores. Le ha dicho a sus discípulos: "La investigación es un deber social, una de las mejores maneras de hacer adelantar su país y la humanidad entera. La investigación científica pura es la madre de la investigación aplicada a la tecnología, a la sanidad y a la producción. Cuando se secan las fuentes de este manantial pronto se estacionan, languidecen y mueren, las ciencias aplicadas y las industrias técnicas. Todo instituto de investigación es una expresión de fé, y de esperanza en el futuro de la civilización".

No creáis, ni por un momento, que este señor del laboratorio estuvo totalmente satisfecho de sus hallazgos y descubrimientos. Ningún sabio verdadero cree haber llegado a una meta definitiva. Él sabía que el amor inquisitivo por la Naturaleza se renueva siempre y el diálogo no termina nunca. Más allá del mundo sensible existe un inundo invisible, inviolado e impenetrable. Por eso convivían en él, el sabio subyugado por el mundo circundante y el hombre moral angustiado por el misterio. Podía decir como Renán: "Tengo una naturaleza doble; una parte de mi mismo sonríe, mientras la otra llora". En efecto, se sonríe y se iluminan los ojos ante una verdad descubierta y se humedecen ante el misterio inaccesible.

Lo que más admiramos en este hombre no es el premio Nobel, no es un descubrimiento. Es la perseverancia, el esfuerzo, el trabajo para llegar a formar una Escuela y en ella discípulos para seguir con la antorcha simbólica. Sea loado nuestro país que ha tenido para sus hijos dos premios Nobel: el de la Medicina y el de la Paz, Houssay y Saavedra Lamas, que representan la vocación de nuestra patria por la ciencia generosa y la paz fecunda. Ultimamente el Premio Nobel de Química ha sido otorgado a otro hombre de ciencia argentino: el doctor Luis F. Leloir.

Nos enorgullece el pensar que el nombre de Houssay figura para siempre entre los auténticos hombres de ciencia que honran la humanidad.

Fuente: Boletín de la Academia Argentina de Letras N 141-142 Julio-Diciembre de 1971.


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Despedida de Osvaldo Loudet en el sepelio de Houssay
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