Por Luis Federico Leloir.
En
la esquina de Córdoba y Uriburu, en
la vieja Facultad de Medicina, hoy Ciencias Económicas, había una gran aula que fue demolida durante el decanato de José Arce con el objeto de acelerar la construcción del nuevo edificio. En esa aula había un
gran cuadro pintado al óleo que representaba un médico de la antigüedad examinando un paciente, o no sé si sería un cadáver. Debajo de ese cuadro y tras una larga mesa
daba sus clases el Profesor de
fisiología, Bernardo A. Houssay. Pocas veces quedaban asientos vacíos, pues se corría la voz de que era difícil aprobar la materia sin haber asistido a las clases. Estas eran muy claras y precisas, pero no piezas de
oratoria como se solía usar en esos tiempos.
El examen de fisiología que englobaba química y física biológica era una de las vallas más difíciles que debían trasponer los estudiantes de medicina de los años 1920-1940.
Houssay tenía fama de ser un hombre estricto, exigente y severo, pero muy justo. En cierta ocasión un estudiante aplazado quiso vengarse y para ello envió un matón armado de una cachiporra para que castigara a Houssay cuando iba en camino a su casa. Afortunadamente el ataque no tuvo consecuencias graves. Otro miembro de la mesa examinadora era Raúl Wernike, quien se ocupaba de la parte de física. Uno de sus temas preferidos era interrogar a los que llevaban anteojos sobre los defectos de sus ojos y sobre la función de los lentes. En química biológica, fueron examinadores sucesivamente Alfredo Sordelli, Laclan y Venancio Deulofeu. De este último comentaba Houssay que los alumnos que daban examen con él quedaban muy satisfechos porque siempre les sonreía y los trataba con amabilidad, pero que aplazaba igual que los otros. La tarea de tomar examen, como lo pude comprobar muchos años después, era agotadora. Había que pasar días enteros oyendo los exámenes de miles de estudiantes. El Doctor Houssay ideó una manera de ahorrar esfuerzos. Preparó unos carteles que decían: saque bolilla, hable, puede retirarse y los mostraba sucesivamente a los alumnos. Esto le valió ser el blanco de muchas críticas injustas tanto de los malos estudiantes como de otros profesores que le tenían envidia. Decían que el profesor de fisiología era inhumano. No tengo recuerdos de mi examen y recién varios años después, ya como médico, me interesé seriamente en la Fisiología. Trabajaba en una sala de gastroenterología y me parecía que la medicina se ejercía de una manera muy superficial y sin los conocimientos básicos necesarios. Por estas razones pedí a Carlos Bonorino Uduando, que era el Jefe de Sala, que me presentara a Houssay. Este me recibió amablemente y me propuso varios temas de trabajo para que eligiera. Me decidí por el estudio del papel de las glándulas suprarrenales en el metabolismo de los hidratos de carbono. Houssay me dio una cantidad de fichas bibliográficas, algunas escritas por él y otras por su mujer Angélica Catán, quien lo ayudaba con devoción. Como primera tarea práctica tuve que aprender a medir glucosa por el método de Hagedorn y Jensen. Quien me enseño fue el Doctor Alfredo Biasotti que trabajó con Houssay en los principales estudios sobre el papel de la hipófisis en regulación de la glucemia. Llegó a operar perros para extirparles las glándulas suprarrenales. Esto lo hacía Houssay personalmente y yo actualmente como ayudante. Creo que nunca aprendí a hacerlo bien y los perros que operé sin la ayuda de Houssay murieron prematuramente o no llegaron a ser suprarrenoprivos.
Los resultados de los experimentos se publicaban en la revista de la Sociedad Argentina de Biología y los correspondientes resúmenes aparecían en Francia en los Comptes Rendus de la Societé de Biologie. Houssay escribía personalmente los resúmenes en francés, idioma que conocía muy bien, y ésta era casi la única vía por la cual los trabajos del Instituto de Fisiología llegaban a ser conocidos internacionalmente. Era una vía muy insuficiente pero a pesar de ello los trabajos de Houssay llegaron a ser muy conocidos en todo cl mundo.
Pude terminar el trabajo de tesis en 2 o 3 años, después de lo cual Houssay me aconsejó que me perfeccionara en el exterior. Como consecuencia de consultas con Venancio Deulofeu, Romano de Meio y otros, decidí ir al laboratorio de Bioquímica de la Universidad de Cambridge que dirigía Sir Frederick Gowland Hopkins. En esa época Houssay había sido invitado a dar las Dunn Lectures en Boston. Esto significaba una importante distinción y creo que marcó el principio de su actuación internacional. Antes de ir a los EEUU decidió ir a Europa y lo hizo en un barco de la Compañía Royal Mail cuyo nombre era Avon o Arlanza. En ese mismo viaje iba yo para iniciar mi perfeccionamiento. Houssay había escrito varias conferencias cuyo traductor de inglés había sido Juan T. Lewis. En el curso del viaje, Houssay, que hablaba francés perfectamente pero poco inglés, me leía las conferencias y yo trataba de mejorar su pronunciación. Cuando el vapor paraba en los puertos y salíamos a visitar la región, él nos explicaba todo como si fuera un guía autóctono. Para ello se valía de su poderosa memoria y de su vasta cultura. Recordaba el nombre de calles y hoteles de todas las ciudades que visitó. Y yo apenas si recuerdo las de Buenos Aires.
Una de las conferencias que Houssay tenía preparadas la dio en el Biochemical Laboratory de Cambridge y a pesar de que la pronunciación aún no era buena tuvo bastante éxito. Después de esto viajó a Boston y a varias otras ciudades.
Después de un año en Cambridge volví al Instituto de Fisiología provisto de algunos manómetros de Harburg y de los conocimientos técnicos para trabajar con cortes de tejido. Houssay tenía interés en comparar las oxidaciones en los hígados de perros pancreatoprivos con los normales. Después de realizar unos pocos experimentos me convencí de que éste era un proyecto de investigación que no daría resultados interesantes. No sé si estaba en lo cierto o equivocado, pero fue cuando me asocié con Juan N. Muñoz para estudiar la oxidación de alcohol y de los ácidos grasos. Esto me costó un pequeño distanciamiento con Houssay, pero que por suerte duró poco tiempo.
Muñoz había aceptado ser profesor de fisiología de la Facultad de Odontología y para ello había tenido que dar todos los exámenes de la carrera para conseguir el título de Odontólogo. Parecía disparatado que para enseñar esa materia hubiera que tener ese título. Houssay consideraba que esto era un requerimiento que violaba los principios universitarios y ya no veía a Muñoz ni a los que trabajaban con él. Más o menos un año después nos asociamos con Juan Carlos Fasciolo que trabajaba sobre la hipertensión producida por 'constricción de la arteria renal ', con Eduardo Braun Menéndez que se interesaba en cardiología experimental. El objetivo era detectar si el riñón produce una substancia hipertensora y si era así estudiar sus propiedades. El equipo anduvo muy bien y más tarde se sumó Alberto Taquini. Constantemente recibíamos consejos de Houssay y él hizo todo lo posible para que los experimentos tuvieran éxito.
Mientras el Instituto de Fisiología de la Facultad de Medicina de Buenos Aires estuvo bajo la dirección de Houssay fue un centro científico que irradiaba entusiasmo por la investigación. Allí concurría una constelación de jóvenes que llegarían a ser figuras importantes en Medicina o ciencias relacionadas. Se pueden citar algunos nombres: Foglia, Braun Menéndez, Battro, del Castillo, Lewis, Marenzi, Hug, Rietti, Biasotti, Fasciolo, Gershman, Chiodi, Mazzocco. También concurrían al Instituto algunos personajes pintorescos. Uno de estos era la señorita X que usaba largas pestañas postizas y un atuendo muy vistoso. El Doctor Mazzocco usando terminología química la llamaba la décimo normal. Houssay la trataba con bondad e infinita paciencia, pero a pesar de todo no pudo evitar que dicha señorita hiciera cosas raras. En una ocasión nos preguntó: "¿A qué no saben lo que se le ha ocurrido a X? Quiere que le palpen un seno porque dice que tiene una dureza". En otra ocasión anduvo con un revólver amenazando a las otras mujeres del laboratorio. Pero su capacidad de armar líos culminó cuando consiguió que un pariente de ella retara a duelo a Houssay. Afortunadamente el duelo no se realizó y todo terminó sin graves consecuencias. Las autoridades de la Facultad de Medicina a veces ayudaban a Houssay y otras veces no. El Decano Alfredo Lanari lo nombró profesor de fisiología dejando de lado al otro candidato que era el Doctor Frank Soler. Sin embargo cuando José Arce era decano, las cosas no andaban tan bien. El tic de Houssay que consistía en torcer la boca y la nariz hacia un lado, se intensificó notablemente en ese período.
Un incidente mucho más grave puso fin al trabajo de nuestro equipo de la hipertensión, que era tan eficiente y que nos brindó tantos momentos agradables.
El presidente de la República, R. Castillo había sido derrocado por un grupo de militares. Actuaba de presidente el General Ramírez, pero ya estaba tirando los hilos otro personaje siniestro que siempre vio con malos ojos a Houssay y a todos los hombres destacados. Tal vez el gobierno quiso amedrentar a los que pensaban independientemente o tal vez intervino el odio a los intelectuales, lo cierto es que a raíz de una publicación en los diarios fueron dejados cesantes en sus puestos muchas personas bien conocidas y responsables. Una de ellas era Houssay.
Se sucedieron muchos días de pesadumbre y de conciliábulos. Cada uno procuraba aportar ideas para solucionar la grave situación. Al fin predominó la idea de que todos debíamos renunciar a nuestros puestos. Así lo hicimos la mayoría, pero algunos no renunciaron. Como suele suceder en estas circunstancias se produjeron graves tensiones con algunos miembros del Instituto de Fisiología. Había quien consideraba que no podía quedar sin sueldo y dejar su familia en la estacada. También había quien secretamente pensaba que alguna ventaja podía sacar de una situación tan confusa. Houssay estaba más bien decaído y en algunos momentos parecía desorientado, pero pronto volvió a recuperar fuerzas cuando fueron tomando forma los proyectos de creación de un Instituto de Investigación privado. No presencié ese período de instalación del Instituto de Medicina Experimental, pues estuve en los Estados Unidos. Allí estuve un año y medio y a mi vuelta el Instituto de Fisiología ya funcionaba de nuevo, pues Houssay había sido reincorporado a la cátedra. Carlos Martínez quedó como director del Instituto de Biología y Medicina Experimental. Tuvo la sabiduría de oponerse a que éste fuera disuelto, puesto que tiempo después Houssay fue de nuevo separado de su cátedra, esta vez con el pretexto de jubilación. Fue en esa época (1946) que comenzamos con la Fundación Campomar y continuamos trabajando en una casa vecina al Instituto de Biología y Medicina Experimental.
Todas las mañanas nos reuníamos a tomar café con Houssay, Braun Menéndez, Carlos Martínez y otros. En aquella época (1947) se tuvo la noticia del Premio Nobel. Hubo gran júbilo, pero Houssay se mantenía sereno, creo recordar que comentó que esa distinción le había tomado ya demasiado viejo y que de lo contrario podría haber realizado más obra.
Contrariamente a lo que creíamos, el Premio Nobel no representó mayor cambio en las condiciones de trabajo. Las autoridades de entonces no demostraron ningún interés, sino que probablemente se sintieron molestas con el premio: lo recibía un opositor acérrimo al régimen imperante. Este régimen cayó en 1955 y otra vez nos ilusionamos de que la investigación científica iba a recibir una mayor ayuda estatal. Pero pasaba el tiempo y esto no sucedía. Fue en esa época que recibí interesante propuestas del exterior y estuve tentado de aceptarlas. Nuestro pesimismo cesó cuando en 1958 durante el gobierno de Aramburu se creó el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. El directorio estaba constituido por una mayoría de expertos en cuestiones científicas. varios de ellos (Houssay, Braun Menéndez, Deulofeu y yo) ya habíamos actuado en el colegiado directivo de la Asociación Argentina para el progreso de las Ciencias. Esta institución había tenido como presidente a Houssay desde su creación y durante muchos años fue la única que daba becas para investigación científica. Cuando se trató la elección de presidente del Consejo, el Doctor Deulofeu propuso el nombre de Houssay y la mayoría aceptó. Desde entonces y durante 12 años Houssay fue presidente del Consejo. Ejerció ese cargo con gran ecuanimidad y acierto. Trataba siempre de mantener un alto nivel de competencia entre los investigadores del Consejo. Para esto tenía que luchar con los que sólo procuraban conseguir más dinero sin cuidar mucho de la calidad de la gente. Esta es una tendencia muy fuerte y que puede llegar a desprestigiar a la investigación científica en nuestro país. Muchos de los enemigos que tuvo Houssay se creían merecedores de más ayuda de la que recibían de él. Además no tenía reparos en dar su opinión sobre las personas y estos comentarios a menudo llegaban a los interesados en forma aumentada.
Tenía un objetivo principal que era promover la investigación científica en la Argentina. Dedicó gran parte de su vida a ello y tuvo considerable éxito. Durante muchos años trabajamos muy cerca el uno del otro. En 1958 nos mudamos al local de la calle Obligado 2490 que nos cedió el Ministerio de Salud Pública. Por un descuido de la secretaría me enteré que Houssay había hecho una presentación a la Fundación Nobel para que me fuera otorgado un premio. Quedé muy agradecido a él aunque no deseaba ese premio. Por otra parte creo que la iniciativa no prosperó porque la presentación era para el premio de Medicina y el que recibí años después fue el de Química.
En
política era más bien conservador, pero nunca tuvo actuación. Odiaba la ineficiencia, el desorden, la mentira y los slogans. Tuvo tratos con varios de nuestros presidentes, así Justo asistió a un acto en su
homenaje que se realizó en la Facultad de Medicina, tuvo buena relación con Aramburu y los presidentes que le siguieron salvo los justicialistas.
El último viaje que hicimos juntos fue en el año 1970, a Roma para una reunión de la Academia Pontificia. Creo que mi nombramiento en dicha Academia fue por iniciativa de Houssay. En esa época ya tenía una insuficiencia cardíaca, cosa que se puso de manifiesto en una visita a las Catacumbas donde en la subida de las escaleras le produjo una fuerte disnea. A pesar de esto no disminuía su actividad y concurrimos a una espléndida recepción que dieron nuestro embajador en el vaticano, Doctor Pedro Frías y señora, en un palacio de Roma. Poco tiempo después tuvimos la noticia de que Houssay había sufrido una caída en Santiago de Chile de la cual no se recuperó más. Pero su vida activa fue mucho más larga que la de un hombre normal, porque vivió hasta los 82 años y porque trabajó muy intensamente durante esos años. Solía decir: "No tengo tiempo para enfermarme".
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