En 1967, en
el 80º aniversario de su nacimiento, Houssay seguía trabajando activamente y afirmó: "Aún no me he muerto ni pienso dejar de trabajar".
Llegaron, finalmente, los años de declinación física que no quebraron su voluntad de trabajo para una tarea que consideraba inacabada. Leloir comentaría: "Tal vez se quedó demasiado".
Porque, quizás, se había quedado solo pues los discípulos que sentía como los sucesores Orías, Braun Menéndez habían fallecido prematuramente.
En 1970, ya semipostrado, recibió, con gran alegría, la noticia de que habían conferido el premio Nobel a su discípulo Luis Federico Leloir.
Fue la última, pues falleció el 21 de setiembre de 1971.
Taquini
diría: "Con una laboriosidad, disciplina y generosidad ejemplares, aún en los períodos más amargos de su vida, Houssay sembró Argentina y América de discípulos a los que les enseñó
a respetar los hechos, a buscar la verdad y a sentir el contenido humano de esa aparente fría disciplina que es la investigación científica. Los que les seguimos durante años, en las buenas y en las malas, en el acuerdo y
en el desacuerdo, quisiéramos que se le recordara siempre como fue; que quedase viviente su personalidad con sus grandezas y, también, con sus pequeñas y humanas debilidades; que no pasase a ser una figura de bronce, un nombre
de plaza, una cita en el diccionario. Tampoco un prócer argentino más".
Mirando hacia los cien años pasados nos damos cuenta de que la obra de Bernardo Alberto Houssay legitimó a la sociedad argentina. Después de él, la Argentina no se constituyó, solamente, en pos del poder o del lucro sino ensanchando las fronteras del conocimiento.
Pero
es necesario, también, darse cuenta de que esta tarea de legitimación no ha concluido sino que, en realidad, comienza con cada generación.
Fuente: Misionero entre Gentiles (biografía de Bernardo A. Houssay)
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