Fuente: Enrique Hug (Foglia, V. G. y Deulofeu, V. (editores), Bernardo A. Houssay, Su vida y su obra, 1887-1971, Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, Buenos Aires, 1971).
"Describir la actuación del Doctor Houssay en la cátedra de Fisiología de la Facultad de Agronomía y Veterinaria, donde fuera llevado por la certera visión de su Decano, el Doctor Pedro N. Arata en 1910, es tarea sencilla: basta con buscar datos en los archivos de dicha Facultad y los títulos de sus publicaciones correspondientes a aquellos años. Esas menciones figuran en todas las biografías que sobre él se han publicado.
Lo que no mencionan las biografías es la descripción del ambiente familiar y el clima de camaradería que reinaba en dicho laboratorio, así como la intensidad y seriedad de la labor desarrollada a pesar de la estrechez y de la escasez de elementos con que se contaba. Eso no figura en ningún archivo oficial, y la descripción sólo puede ser hecha por quien haya tenido la dicha de compartir aquella época memorable de su iniciación como trabajador infatigable, como maestro y formador de discípulos.
El destino ha querido que yo fuera uno de ellos, y por añadidura el único sobreviviente. No soy el discípulo más antiguo. Cuando inicié con él mi actividad experimental ya trabajaba regularmente Leopoldo Giusti, Jefe de Trabajos Prácticos de la cátedra y quien le sucedió como titular cuando el Doctor Houssay renunció a fines de 1919, para hacerse cargo de la dirección del Instituto de Fisiología de la Facultad de Medicina. También concurría periódicamente Guillermo Goñalons, médico del servicio del vecino Hospital Alvear del cual era jefe el Doctor Houssay.
Conocí al Doctor Houssay el año 1915, en mi condición de alumno de Fisiología. Contaba a la sazón 28 años y hacia ya cinco que estaba al frente de dicha cátedra.
Solía comentar en rueda de amigos que el año en que inició su curso objetaron los alumnos que era demasiado joven y poco experimentado para ello. En realidad algunos de sus discípulos tenían más edad que él. Houssay zanjó fácilmente la dificultad. En vez de dar clases puramente teóricas, las acompañaba sistemáticamente de alguna demostración que corroborara lo que decía. La tarea era fácil y el contacto con los alumnos estrecho, pues raramente superaba la decena el número de inscriptos. Tan cautivados quedaron los alumnos con la innovación, que la objeción cedió rápidamente. Houssay contaba a la sazón 23 años y ya tenía en su haber dos títulos universitarios.
Su precursor en la cátedra había sido el profesor Julio Lesage de la célebre Escuela de Veterinaria de Alfort, discípulo de Dastre, quien había provisto adecuadamente al laboratorio con material que era corriente para la época, adquirido casi todo en la Casa Boulitte de París. Terminado su contrato en 1909 había dejado vacante la cátedra.
El laboratorio estaba enclavado en el parque de la Facultad. Entrando por la avenida San Martín, o bien descendiendo del tranvía Lacroze en la parada Agronomía (parada que ya no existe) se llegaba al edificio central que contenía las oficinas administrativas y la Biblioteca. A la derecha, y a un centenar de metros existía un pabellón compuesto de dos alas. La de la izquierda estaba ocupada por la cátedra de Botánica, cuyo titular, Lucien Hauman, había sido contratado en Bélgica. Botánico y microbiólogo, poseía una sólida formación humanista al estilo europeo. Su discípulo predilecto fue Lorenzo Parodi, que llegaría a tener una descollante actuación como científico e investigador, honor de la Argentina en su especialidad. A pesar de actuar en disciplinas tan distintas, ambos hombres de ciencia se apreciaban mutuamente y una que otra vez se reunían para comentar problemas de enseñanza o temas de actualidad. Se estaba en plena primera guerra mundial y la patria de Hauman estaba invadida. El idioma de esas conversaciones era casi siempre el francés, que Houssay hablaba a la perfección. De vez en cuando solían tomar parte de ellas tanto Parodi como el autor de esta nota.
Años después, al volver Hauman a su patria, Parodi le sucedió en la cátedra de Botánica a la que dio brillo y también formó discípulos. Fue un dilecto amigo del autor de estas líneas y el Doctor Houssay lo apreciaba mucho; colaboró activa e inteligentemente en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas.
El ala derecha del pabellón albergaba dos cátedras, la de Histología a cuyo frente estaba Camilo Trefogli, compañero de estudios de Houssay, con quien -por supuesto- se tuteaban, y la de Fisiología. Constaba esta ala de una pequeña aula, 3 ó 4 piezas chicas y un gran ambiente que servía para todo: depósito de instrumental y de productos químicos, local de trabajos prácticos: y lugar para investigaciones. Se disponía de agua corriente, desagüe y gas, pero nada más. Corriente eléctrica no la había en ningún local de la Facultad. Ello constituía un inconveniente serio. Las tareas debían abandonarse en cuanto bajaba el sol, y los días de invierno se acortaban enormemente. Las observaciones microscópicas debían realizarse frente a una ventana y si el cielo se nublaba debía abandonarse todo. La luz frontal que necesitaba el Doctor Houssay para operar las hipófisis funcionaba con una batería de pilas. Por supuesto no había ventiladores, ni motores eléctricos, ni centrífugas, salvo una pequeñita que funcionaba a mano y que nunca vi usar. El fuelle de respiración artificial funcionaba con un motor a gas cuyo mecanismo nunca llegué a comprender. Tenía forma de pirámide cuadrangular con un volante doble arriba. Cuando debía usarse se colocaba un pico de Bunsen encendido en la parte inferior y a los 3 ó 4 minutos comenzaba a andar solo. Su potencia era escasa pero para accionar el fuelle de respiración artificial cumplía bien su cometido.
Tampoco se disponía de calefacción. A pesar de haber gas en el local, no existían estufas. En el galpón en que se trabajaba, uno se helaba, los días crudos de invierno. Debía trabajarse con el sobretodo puesto y el Doctor Houssay calzaba unos gruesos zuecos de madera.
Ayuda técnica no existía. Tener secretaria era un lujo inimaginable. Por suerte lo teníamos a Germán. Este servicial e incansable ordenanza, Germán Villaverde, uruguayo de nacimiento, era el factotum del laboratorio. Corría con la limpieza de los locales, alimentación y cuidado de los animales, preparación de los trabajos prácticos y demostraciones, ayudaba en buena parte de la labor experimental, y aún se daba tiempo para cambiar los líquidos a las piezas de inclusión y para la preparación de cortes para las prácticas de histología. ¡Qué tiempos aquéllos! Desgraciadamente esto no duró mucho. Siendo tan útil y eficaz, a los pocos años le ofrecieron mejores condiciones y pasó a desempeñarse en un laboratorio privado. Como sucede con harta frecuencia, el empecinamiento burocrático, que nivela todo hacia abajo, hace que los mejores abandonen.
Y sin embargo, a pesar de todo, la personalidad del Doctor Houssay atraía gente. No mucha, pero sí calificada. Además de Giusti y de Goñalons ya mencionados, solía concurrir esporádicamente Juan Carulla, también médico del Hospital Alvear, y al poco tiempo de estar yo allí vino Juan Guglielmetti, médico recién graduado y medalla de oro de su curso, quien realizó una muy documentada tesis sobre la acción del Clorhidrato de Emetina que mereció medalla de oro como premio. Fue, según tengo entendido, el primer caso en que un graduado obtuvo ambas distinciones máximas. Otro concurrente que recuerdo fue el Doctor Josué Beruti, médico del Servicio de Obstetricia de la Facultad de Medicina. Por entonces acababan de aparecer en el mercado unas inyecciones, mezcla de morfina y lóbulo posterior de hipófisis, para ser administradas a las parturientas bajo la suposición teórica que así se neutralizaba la acción tóxica de la morfina. Le fue fácil demostrar a Beruti con todo rigor experimental la falacia de dicha afirmación.
A todo eso debe agregarse un detalle más de importancia. En aquella época casi nadie tenía automóvil. Tampoco existían los colectivos, de manera que llegar hasta allá era un tedioso viaje en tranvía. Guglielmetti vivía en La Plata y su traslado hasta el laboratorio significaba perder varias horas diarias. Años después, en que actué con Houssay en la Facultad de Medicina pude apreciar que allí se disponían de los mismos elementos de trabajos que había en Veterinaria, con la ventaja adicional de haber corriente eléctrica. Para los que vivían en el centro hubiera significado una gran ventaja trabajar ahí. Pero en todo otro lugar faltaba un hombre hecho a la investigación, capaz de ayudar a dar consejos útiles, y por ello algunos se molestaban en llegar al distante laboratorio donde trabajaba Houssay.
Las condiciones del carácter del Doctor Houssay ya las demostraba en ese ambiente reducido y poco concurrido. Quiero referirme a tres anécdotas que he vivido.
Rendidos todos mis exámenes de segundo año en la Facultad, a fines de 1915, recibí una carta del Doctor Houssay fechada el 21 de enero de 1916, carta que aún conservo en mi poder. En ella me proponía un estudio relacionado con la curarización de nuestra rana. Concurrí de inmediato al laboratorio y comencé a trabajar. Muchas veces me pregunté el motivo por el cual el Doctor Houssay se había dirigido a mí para proponerme ese trabajo. Fue él mismo quien se encargó de decirlo muchísimos años después, un día que evocábamos aquéllos tiempos idos. Resulta que en una demostración práctica en clase, ocupado con la marcha del kimógrafo y otros problemas que tenía que vigilar, dio una explicación del proceso que se estaba inscribiendo. Yo, sin la preocupación de tener que atender a ningún detalle técnico, me di cuenta que la interpretación era errónea, y así lo dije, contradiciendo al profesor en plena clase. Otro quizá se hubiera sentido molesto ante tal osadía. El Doctor Houssay no. Modestamente reconoció su error y prosiguió con el experimento. Lo que le interesó en ese momento es que un alumno había hecho una observación correcta, que poseía criterio independiente y que había manifestado públicamente su opinión, condiciones de las muchas que debe poseer un investigador. Ese, y no otro -me lo dijo él- fue el motivo por el cual me invito a iniciarme en la investigación original. No sólo trabajaba intensamente sino que quería rodearse de discípulos para llegar a formar una gran familia científica. Las condiciones modestas del ambiente no le permitieron ahí llegar lejos, pero perseverancia y visión del futuro no le faltaban.
Lo vi actuar, más que con obstinación, con empecinamiento frente a las dificultades. Había planeado un experimento para demostrar la acción de la hipófisis sobre el crecimiento. Consiguió para ello una linda camada de cachorros de raza, galgos, todos igualitos para poder comparar los resultados. Me imagino que debía haberlos pagado de su propio peculio, pues la subvención de que se disponía no era nada cuantiosa. Les extirpó la hipófisis a algunos de ellos y yo oficiaba de ayudante. A pesar de la destreza del cirujano -en lo cual él sobresalía- y del cuidado post-operatorio, la mortalidad era elevada, pues se ignoraba entonces que la misma se debía a la supresión brusca de la corticotrofina, hormona de la cual ni se tenía idea de que existiera. Sin embargo, varios operados sobrevivieron lo suficiente para infectarse luego con el virus de la enfermedad de los cachorros y terminaron por morir. Nunca le oí una queja ni amargura. Tampoco se conocía entonces vacuna contra esa infección. Nueva tentativa y segundo fracaso. No recuerdo si fue a la tercera o cuarta tentativa, después de desinfectar bien las jaulas y aislar los animales, en que consiguió el fin buscado, y de ello da fe la demostrativa fotografía que aparece en su Tratado de Fisiología, en el capítulo referente a la acción de la hipófisis sobre el crecimiento.
La tercera anécdota proviene del Instituto Bacteriológico donde a propuesta de su Director, el profesor Rodolfo Kraus, dirigía una sección, a la que concurría por las tardes. El Doctor Houssay me propuso que fuera su ayudante, pero debido a la intensificación de mis estudios decliné el ofrecimiento. Sin embargo, concurría esporádicamente sin las ataduras de un puesto fijo. Una tarde llego al laboratorio y veo una máquina manual para preparar comprimidos. Pregunto por su objeto en tal lugar y me contesta: el Doctor Kraus quiere que estudie fórmulas para preparar comprimidos; y agregó con un gesto de fastidio: pero yo no he venido aquí para fabricar comprimidos. Y no fabricó comprimidos. En cambio se dedicó febrilmente, como todo lo que emprendía, al estudio de las ponzoñas de serpientes en que fui su colaborador en parte de ellos, y venenos de algunos artrópodos, temas de mucho más provecho para la ciencia.
Ese fue el Houssay de los primeros tiempos que conocí. Su actuación posterior en la Facultad de Medicina con muchísimos más medios y muchos más discípulos dispuestos a trabajar, permitieron que sus extraordinarias condiciones de Maestro fructificaran en la imponente Escuela de Fisiología de la cual fue su fundador y constante vigía.
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