Objeto de las investigaciones fisiológicas con extractos de órganos

Fuente: fragmento de "La acción fisiológica de los extractos hipofisarios", publicada por A.B. Houssay en 1918 y que le mereció la obtención, en 1922, del Premio Nacional de Ciencias.

Portada de la obra "La Acción Fisiológica de los Extractos Hipofisarios", publicada en 1918.La idea fundamental del método reside en la suposición de que los extractos de un órgano contienen los productos específicos que él segrega, de modo que si al inyectar el extracto en los animales se originan una serie de síntomas, ellos serían reveladores de la acción que ejerce fisiológicamente el órgano estudiado. Así, si el extracto eleva la presión arterial, significaría que el órgano segrega fisiológicamente substancias hipertensoras.

Pero este método, enteramente empírico, no reposa sobre bases intachables. En efecto, se presume que existen substancias activas almacenadas, pero es posible y probable que muchas, si no la mayor parte de dichas substancias, sean eliminadas totalmente a la sangre o linfa, a medida que se van fabricando, sin que queden en depósito en el órgano productor.

Algunas son, por otra parte, tan alterables, que cabe pensar puedan desaparecer o transformarse en la misma glándula durante el intervalo que transcurre desde el momento de la muerte hasta que se prepara el soluto o extracto. Es también factible que al producirse la solución ocurran alteraciones o disgregaciones y los productos de descomposición tengan propiedades fisiológicas activas. Por fin, las substancias glandulares activas contenidas en el tejido pueden no disolverse en medio acuoso.

Por todas estas justificadas objeciones, se comprenderá que el método más fisiológico para estudiar las secreciones internas sería el de recoger la sangre o linfa aferente de los órganos, las que contendrían las substancias activas. Pero a más de las dificultades técnicas (para la hipófisis hay completa imposibilidad), la sangre o linfa así extraídas contendrían seguramente proporciones ínfimas de los principios activos, pues que si deben pasar por el órgano enormes cantidades de sangre o linfa en las 24 horas para arrastrar las substancias que son necesarias para el simple equilibrio fisiológico ¿qué puede esperarse encontrar en unos pocos centímetros de líquido?

A más, es posible que las secreciones internas estén enmascaradas en la sangre en combinaciones que sean desdobladas y fijadas de una manera específica desconocida por ciertos órganos o aparatos.

Según las dosis, pueden observarse efectos contradictorios u opuestos. Por vía bucal pueden obtenerse otros resultados que por vía venosa. ¿Cuál de estas acciones sería la fisiológica?

No estamos, pues, seguros de encontrar siempre en los extractos substancias específicas, ni de que las substancias activas que constatemos sean realmente productos específicos u hormones.

En efecto para aceptar que son hormones es necesario probar: 1ro, que son segregados por el órgano a la sangre o linfa; 2do, que sean productos específicos de ese órgano o sistema, 3ro , que tengan acciones específicas sobre determinados órganos o sistemas.

Con este concepto, la adrenalina puede aceptarse como un hormón, pues ella es segregada por las células de la substancia cromatina, pasa a la sangre y actúa de una manera específica sobre ciertas o determinadas funciones. Admítese generalmente también que la secretina, aún no aislada al estado de pureza, es un hormón, porque es segregada, al parecer, en el epitelio intestinal, existe en las venas eferentes y estimula específicamente el páncreas y, según la mayor parte de los autores, sólo al páncreas.

Al estudiar el método de las inyecciones de órganos, surge otra objeción fundamental que hace muy dudosos todos los resultados y es que, junto con las substancias activas, si existen, inyectamos fuertes dosis de albúminas y sus derivados, que son tóxicas y producen una serie de síntomas propios capaces de oscurecer o invalidar todos los experimentos.

De manera que, si al inyectar un extracto de órgano hay contracción uterina o defecación o vómito, no podemos decir que la acción fisiológica del órgano sea de provocar la contracción del útero, la defecación o el vómito. Sin embargo, por extraño que parezca, una inexplicable ofuscación pesa sobre el espíritu de una multitud de experimentadores, como puede comprobarse en la incesante y copiosa bibliografía moderna sobre glándulas endócrinas, haciéndoles emitir conclusiones de esa índole.

También la Clínica ha sufrido esa contaminación sofística, y más fuertemente que la Fisiología. No necesito probar con qué ligereza se hacen vastas deducciones generales con la base de pocos experimentos que no satisfacen las exigencias de la lógica que rige la Medicina Experimental. Tamañas aberraciones ocurren también con el llamado criterio terapéutico, que puede dar informaciones, pero al que se hace servir como base de las más fantásticas deducciones patogénicas. Del valor real e indiscutible que puede tener el método informa, por ejemplo, la curación o mejoría de un mixedema postoperatorio por la opoterapia tiroidea; allí hay el caso de un déficit funcional y su restauración. Pero, en cambio, de la simple comprobación de que el extracto de un órgano mejore los vómitos no puede deducirse que estos vómitos se deban a influencia de ese órgano; o porque haga contraer el intestino no puede decirse que la glándula produzca un hormón peristaltógeno y que la constipación se deba a insuficiencia del órgano. Porque los extractos de órganos o sus substancias activas tienen también efectos banales, que no tienen que ver con su rol fisiológico; obran como drogas, y así como a nadie se le ocurre decir que un sujeto asistólico está en estado de insuficiencia digitálica, tampoco debiera ocurrírsele afirmar la insuficiencia de un órgano sólo porque su extracto tenga efecto útil y reparador. Esto se puede aceptar como una hipótesis a comprobar, y aun así, únicamente cuando otros hechos o argumentos apoyen seriamente esa muy débil presunción.

Si tamañas objeciones acumúlanse en contra del método y obligan a considerar con circunspección sus resultados, ¿puede, pues, proclamarse su inutilidad?

De ninguna manera, pues resulta utilísimo en Fisiología y en Terapéutica y ya ha dado sus frutos.

En Fisiología es el mejor y casi puede decirse el único método para orientarnos sobre las posibles substancias activas de los órganos, dada la insuficiencia de la Química para informarnos sobre ellas. El método biológico sobrepasa en sensibilidad al método químico y sus comprobaciones sirven de base para el estudio químico ulterior. De manera que si el método de inyectar extractos de órganos no es perfecto, es, hoy por hoy, sin disputa, el mejor que poseemos para averiguar los principios activos glandulares.

Aplicado, como es lógico imaginar, a las glándulas vasculares sanguíneas, ha tenido sus éxitos señalados. El principal fue el descubrimiento de la adrenalina, consecuencia de la comprobación por Oliver y Schäffer de la acción hipertensora de las inyecciones venosas del extracto de las cápsulas suprarrenales. Más tarde se han podido acumular tales pruebas que puede afirmarse hoy que la adrenalina es un verdadero hormón, un producto de secreción específico.

Con la hipófisis se comprobó desde los primeros estudios de Oliver y Schäffer, en 1895, la considerable actividad de los extractos o solutos. Se ha podido demostrar que esas propiedades eran debidas a substancias susceptibles de ser aisladas. Sin embargo, no se ha probado aún que sean segregadas en la sangre y el pretendido pasaje en el líquido céfalorraquídeo no existe, como creemos haber demostrado. ¿Tendrán estas substancias un rol fisiológico importante? No podemos afirmarlo, no hay, a mi juicio, hechos asertivos categóricos; pero a título de hipótesis, cabe sospechar que su presencia no es banal en efecto, existen en la hipófisis de todos los vertebrados, no se les halla, al parecer, en ningún otro órgano; cabe, pues, sospechar que su presencia esté vinculada a la fisiología de la glándula Su rol es difícil de precisar; pueden ser hormones o también productos de desintegración especiales de su metabolismo, etc., dudas que por hoy no pueden resolverse.

Es muy probable que haya otras substancias glandulares, especialmente en el lóbulo anterior, cuyo papel sea tanto o más importante que el de las precitadas substancias del extracto de lóbulo posterior; pero poco sabemos de ellas hasta el presente. En los últimos años se orientan las investigaciones a estudiar los lipoides.

Finalmente, el método de inyectar extractos de órganos ha revelado numerosas acciones terapéuticas preciosas, y el extracto de hipófisis las tiene.

De este asunto nos ocuparemos en un trabajo ulterior sobre medicación hipofisiaria.


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